Habitando el enigma

Publicado el 13 de Diciembre, 2005

La plenitud del espacio. Los espacios tal como solía pensar Cortazar no son receptáculos indiferentemente vacíos, a la espera de que se los lleno de contenidos diversos: un sofá, un cuadro, un mueble "que da lástima tirarlo". Los espacios no son algo muerto. No son distancias frías o atemperadas, números huecos, hipótesis de movimientos, aperturas y clausuras, intervalos que de nada. No son cajas trasparentes en la que todo lo tridimensionalmente existente puede caber. No, nada de esto. Al contrario, el espacio es una filigrana casi imperceptible de infinitas relaciones entre elementos distantes o cercanos, combinados o yuxtapuestos, pequeños o
grandes,abiertos o cerrados, en vías de expansión. Su riqueza es tan grande como la capacidad de imaginar del observador. El espacio es una la posibilidad de habitar, dejar hullas humanas, crear sentidos y lazos y fisuras de convivencia. Un espacio es pleno cuando en él cabe el cuerpo humano que vive al espacio, y lo convierte en un hábitat, o sea en distancias y lugares vivenciales.


La distancia de los espacios. Los espacios se configuran y refiguran en función de los habitantes que habitan en, o pasan por él. Dos personas en una misma zona, por ejemplo, en una gran sala de estar no están a la vez, en la misma zona. Cada uno tiene sensaciones diferentes; ciertos colores. Ciertas formas a uno le hace pensar y sentir ciertas cosas que a otros no. Así pues, el espacio tiene un valor vivencial singular para cada uno quien lo habite. No es una caja abstracta y uniforme, sino que es la modificación especial del propio cuerpo y facultad de imaginación.


El espacio como un estado mental. Los espacios no son, en cierto sentido, más que estados mentales generados por impresiones sensoriales, emociones y conceptos. El habitante de la casa que tiene cierto diseño de interiores, puede ver la belleza de la combinación entre el color, p. ej. de la cortina al costado de la ventana, y el color del rosal que detrás de ella se sitúa. Pero no sólo recibe impresiones de color, sino que además siente como la naturaleza continúa hacia dentro de la casa; como lo manufacturado y lo natural armonizan; como lo controlado y lo espontáneo confluyen para generar una única sensación de bienestar.


El espacio y su perceptibilidad. No es lo mismo mirar una imagen fotográfica, pictórica, o video-filmación, que estar uno allí mismo, recorriendo el lugar con el cuerpo propio. La tarea de composición imaginativa de un espacio debe ser una experiencia vívidamente realizada. El plano de espacio interior de una casa o edificio deja afuera el cuerpo propio, y con él la experiencia y las vivencias sutiles. El plano neutraliza las singularidades vivenciadas por medio del estar-efectivamente-allí-mismo dentro de la casa o edificio.


La vivencia más aproximada al campo de experiencia la constituye la imaginación del diseño de interiores, antes de formalizar esa imagen en un plano.


Lo simbólico, lo material, lo habitable y lo inhabitable. De los espacios, unos son habitables y otro no, tanto bajo un aspecto físico como simbólico. Por ejemplo: ¡sería físicamente poco conveniente vivir a los pies de una un volcán activo!; pero simbólicamente tal vez fuese conveniente, por la hermosa vista que hace. Al contrario, sería físicamente muy conveniente vivir en una zona bien oxigenada como en un campo abierto o una quinta confortable, aunque talvez sea simbólicamente inadecuado para una persona que se aburre rápido de las cosas y necesita la velocidad y multiplicidad de la vida urbana…


También hay espacios poéticos. Desde niños soñamos con casas y edificios que en algunos casos son imposibles de ser construidos en la realidad; aunque no por ello dejamos de sentir lo agradable de los ambientes que ellos configuran. Por ejemplo: ¡Un castillo sobre las nubes, al que se accede subiendo por una increíblemente alta enredadera, que sale de un poroto enterrado! Por otra parte, Sarmiento al describir la Patagonia lo hace de una increíble modo romántico, en donde lo incontrolable, lo extraordinario y lo ilimitado son la impronta característica de espacios inaccesibles, peligrosos, e inhabitables: la Patagonia. Era llamada «el Desierto»; es decir, donde no hay nada, ninguna marca de humanidad; un lugar donde todo espacio absorbe toda percepción del hombre, y rompe y supera las vallas de lo seguro y de lo comprensible. La Patagonia era el espacio de divergencia de toda poder controlador humano, por eso asustaba, e inspiraba respeto. La Patagonia fue algo peligroso física y simbólicamente. Así, el espacio entrelaza lo físico y lo simbólico, y genera situaciones de habitabilidad o in habitabilidad simbólica o material o ambas; el espacio no es sólo lo que esta allá afuera, tampoco es sólo la topografía mental que cada uno traza al habitarlos: se trata más bien de una tercera cosas formada con estos dos elementos.


La sensibilidad del espacio en el diseño de interiores. El espacio es más viejo que lo edificado en él. Pero es destruible de una manera más sutil que las cosas tangibles: El espacio no sufre las agresiones del tiempo, las termitas, o las manchas de pared tales como las producidas por una pelota de fútbol ateada por niños que juegan.


Pero basta con correr un sólo mueble de lugar, cambiar un detalle de color de los empapelados, o poner 3 o 4 macetas con plantas frondosas, para que inmediatamente el espacio se transfigure completamente y se vuelva un espacio distinto. Entonces, es cuando ese espacio ha sido sustituido por otro. Otro es el ambiente, otro el deseo de habitarlo, otro el placer o displacer de estar presente allí, de sentir la libertad y el amparo producidos nada más que con colores, formas, posiciones…

El espacio es muy sensible: Se transforma al agregar, eliminar, cambiar de lugar o sustituir elementos que lo constituyen y destituyen.

El habiente y el habitante. El ambiente es un espacio habitable cuya sensación de estar allí puede ser buena o no tan buena. Los restaurantes con un mal diseño de interiores hasta pueden llegar a provocarle a uno indigestión; y en éste caso, la comida —lo material— nada tienen que ver con ese malestar. Así como se come carne, se come símbolos. Y tanto la carne como los símbolos pueden ser agradables o desagradables. El habiente es una función orgánica, un estado mental.


El hombre diseña el espacio según sus deseos y necesidades; pero una vez puesto allí, dentro del ambiente, el diseño estético comienza a actuar sobre él. Por otra parte, no sólo porque las cosas se gastan es que necesitan renovarse, sino porque el alma cambia, y no es la misma —digamos— que el año anterior. Así como todos los días se elige la ropa que más combina con el estado de alma del día, así también debería uno elegir (aunque sea atendiendo a los detalles, y no a toda la planificación de la casa) el diseño de interiores, al menos una vez por año, en función del estado del alma surgido. Es cierto que a todo cuerpo no le favorecen ciertas ropas o que ciertas ropas no pertenecen a tales géneros de cuerpo que en cambio sí las desean; aún así, se pueden hacer cosas bellas con la apariencia de la persona.

Ahora bien: lo mismo sucede con los ambientes de una casa o edificio: El diseño de interiores que es deseado realizar sobre un cierto espacio, puede ser imposible de llevarse a cabo —entre otras razones, por los altos costos que supone o las pocas prestaciones del diseño arquitectónico ya dado—; no obstante, vale la pena hacer algo para transformar el ambiente en el cual el alma ya no se reconoce a sí misma en su hábitat. El alma pide cambio y movimiento: La decoración es un modo de materializar los deseos de cambio, y el lugar más cercano a uno donde realizarlo, no sólo debe ser la ropa a usar en el día, sino también el diseño de interiores del lugar donde se mora.

De la supervivencia al bienestar como necesidad vital. La casa fue hecha para sobrevivir del clima; y desde el comienzo de la historia del hombre el el diseño estético (y místico) ya era asunto de paredes y utensilios. Hoy el aspecto estético del interior de una casa puede enfermar a la persona que allí habita. ¿Cómo es posible? Porque en el ser humano materia y símbolo son como dos caras de una misma moneda.


Freud nos enseñó que los símbolos enferman a las personas. Así pues, el aspecto estético de una casa, conjunto de símbolos, deliberados o azarosos, es un factor que contribuye al bienestar o malestar de un habitante. El mismo ambiente, día tras día, sigue de cerca al habitante, obstaculizando o facilitándole actitudes y disposiciones, tanto en la realización personal como en la comunicación con el prójimo. Paredes manchadas, colores triste de la baldosa de la cocina, azulejos mal colocados en el baño, espejos antiguos, un piso de madera que cruje… Todo esto no son cosas que están allí, fuera del habitante, sino algo mucho más profundo que la mayoría del tiempo aparece disimulado: La casa, tal como está, es el habitante y el habitante es la casa…

Después de tanto tiempo, el sujeto se mimetiza al entorno. Si bien es exagerado y hasta absurdo sostener que los dueños tienen un rostro parecido al de sus mascotas… no es resulta tan descabellado, en el caso de los espacios interiores de una casa o edificio, decir que el sujeto tienen a identificarse con su entorno vital: lugar donde siempre se desayuna, desde donde siempre se ve, tras la misma ventana, las mismas cosas bajo un techo que no promete nada, y una lámpara cuya luz fuerte y quisquillosa molesta la vista al encenderla repentinamente…

Sin embargo, los espacios también pueden curar a uno de muchas cosas: p. ej. de la insalubridad del mundo exterior urbano, de los ruidos, de la suciedad, del bombardeo de estímulos visuales que provienen de la ciudad en la que se vive. Y no sólo los espacios pueden curar, sino que debería considerarse éste como fin en sí mismo, un fin estético-terapéutico. El ambiente debe, sobre todas las cosas, ser solidario con las personas que lo habitan.


Debe poder provocar el bienestar necesario que el habitante necesita, y conferirle su ropaje de alegría natural antes de ir a la selva del asfalto, o luego de haberse perdido y cansado en la incansable ciudad de todos los días. A este respecto, el diseñador de interiores tiene una responsabilidad no sólo estética sino además terapéutica. El diseño de interiores no es sólo una técnica de adorno del espacio, sino una reflexión artesanal para la creación de bienestar de un habitante dentro un sistema de ambiente. Es que: el cuerpo es la casa del alma, y el hogar es la casa del cuerpo.


Clausura y división simbólicas de los espacios. Los espacios pueden estar divididos o clausurados. Puede un espacio no tener señales divisorias, ríos que la crucen o vallas protectoras que alejen de lo diferente. Puede un espacio se llano, abierto, sin clausuras reales, sin piedras que obstaculicen su acceso. Pero si tenemos en cuenta que los espacios no son más que proyecciones de una topografía singular, que cada uno extiende sobre un vacío indiferenciado, se verá que las cosas no son tal como parecen. ¿Acaso no sentimos más cariño por ciertos lugares de la casa más que por otro? Una esposa le dice a su marido: "¿Cuándo me dejarías decorar el living como a mí me gusta?…

Su aspecto es feo, desprolijo y hace que sea la parte más desahitada de la casa ?…" O bien: "Siempre están todos en el comedor…" La casa tal como la vería un observador exterior, no tiene nada que ver con esa misma casa considerada por las personas que allí viven: habrá zonas en las que será desagradable habitar, por ejemplo, el sótano, el cuartito de herramientas, el lavatorio, el baño chiquito que sirva para poner los diarios y el lustrador de pisos, el pequeño jardín que da a la calle y que nadie de la casa utiliza, el lugar donde se guarda el auto y la cortadora de pasto. Gran parte de la casa está en la mente del habitante: no afuera. Los aspectos estéticos de los ambientes atraen o repelen a sus habitantes. Un eficaz diseño de interiores puede hacer recuperar un espacio muerto, inhabitable; un diseño ineficaz, en cambio, puede convertir un espacio moribundo, en uno definitivamente muerto. A este respecto, el diseñador de interiores responsable debe atender a lo diferentes modos potenciales de apropiación simbólica que llevarían a cabo los futuros personajes del escenario por diseñar. El diálogo profundo y las preguntas perspicaces elaboradas por el diseñador pueden recoger información valiosa para el caso…


El poder y los espacios. Aunque no estén escritos los nombres sobre las paredes, cada habitación, cada pasillo, cada sala, o rincón de jardín tienen el nombre y apellido de sus respectivos usuarios permanentes. "¡Ésta es mi zona, y en materia de decoración, acá mando yo!". Esta sentencia puede pertenecer a más de una mujer que se refiere al espacio de la cocina y del comedor. Cuántas veces tenemos que tolerar el estado curioso de la estática (o falta de ella) en las habitaciones de jóvenes adolescentes, que se hace patente en sus pinturas sobre la pared, o en el suelo, donde yace la memoria desaliñada de bollos de papel, etc…

El espacio circunscribe una zona de poder. Este poder tiene frontera que pueden ser precisas o difusas. Y el diseñador de interiores ejerce una función moral, en tanto puede ser un agente que comunique fronteras incomunicadas o separe sectores en los cuales sus habitantes establecen una relación conflictiva entre sí.


El espacio es una mujer. Los sutiles hilos transparentes e intangibles que hacen florecer o deshojar los aparentes vacíos necesitan a un artista muy sutil: La mujer. Su sensibilidad, artística por naturaleza, su buen gusto por los detalles y combinaciones expresivas, su ojo, su mano, su paciencia y disciplina al momento de trabajar con imágenes, sutilezas y profanidades— que ante la mayoría de los hombres pasan desapercibidos—, todo ello, digo, son los elementos necesarios para la tarea de crear ambientes, de levantar los grandes huecos y llenarlos de flores o de ajustar los ambientes a las necesites expresivas de sus habitantes. La mujer. Ella se ocupa en el genio del artificio, del detalle, de lo pequeño y significativo; en cambio, el hombre olvida más fácil. El espacio es para él un lugar donde poner cosas; en cambio, para la mujer el espacio es algo que tiene vida. Para el hombre es un lugar por donde se pasa; para la mujer, un lugar donde uno se queda, donde forma una familia…

El hombre siempre entra y sale; pero es la mujer quien comprende el valor de lo interior, el significado de la quietud —aunque ella cuando trabaje o proyecte lo haga, acaso, con más ferocidad que el hombre—. La mujer es quien sabe que el vacío no es tal; el hombre es quien piensa que allí simplemente no hay nada.


La mujer ve más profundo que el hombre y se preocupa de lo pequeño, de lo sutil, del color, del lugar, de las paredes, puertas y ventanas que acompañan horas y horas del tiempo que vivimos en casa. El hombre está en la casa. La mujer es la casa, el hogar, el círculo de amparo…


La muerte y el lugar. ¿Porque los entierros? ¿Porque los mausoleos? La práctica de dar un lugar entre los vivos a las muertes es muy antigua. Pensemos los bellos mausoleos de recoleta; recordemos las antiguas pirámides egipcias, sin ningún otro fin más que ser la casa, el lugar de los nobles fallecidos. El dar un lugar a los muertos entre los vivos tiene una utilidad, no obstante, sólo para estos últimos. Vemos aquí, un modo significativo en el que un lugar sobresale de un fondo cotidiano. Religión, misticismo, tradiciones en general se funden en la estética de composición de tales espacios.

ÉPOCAS HISTÓRICAS
1. CIVILIZACIONES ANTIGUAS:

Los egipcios. Los egipcios cultivaban a los costados del río Nilo. En los comienzos de su civilización, ellos no pensaban matemáticamente la distribución de los espacios: No conocían lo que era el número como unidad abstracta. El tamaño de, y las distancias entre los espacios no se median conforme a algún sistema numérico. La cantidad, por decirlo en un modo claro, estaba pegada a las cosas. Así, se utilizaban elementos naturales para medir la tierra donde cultivaban.


Además, la noción de espacio no era una noción extensiva, sino intensiva; es decir, no había un pensamiento matemático que operara con números abstractos, sino que su matemática era inteligible sólo si estaba realizada empíricamente. En consecuencia, tenían una visión del espacio como un terreno no categorizable bajo entidades cuantitativas. Dicho de otro modo: Ellos no pudieron, en los comienzos de su cultura, realizar planos de las zonas geográficas en las que cultivaban, pues la dimensión de un terreno duraba lo que la vista duraba en verlos. No había tampoco un lenguaje para proyectar el aspecto abstracto de un conjunto de dimensiones espaciales, y por ende la información sobre el tamaño de los espacios y las distancias entre lugares, no podía ser recogida, escrita y archivada. Todo allí era a ojo. Una vez más, no había aún un pensamiento que hiciera abstracción de la materia de las cosas y se quedara sólo con la forma. Los números no existían como un lenguaje sino que era una propiedad más o menos visible de la cosa percibida. Elimínese la cosa sensible y con él se elimina el número que le correspondía. Pensaban en intención, es decir en cualidades, en cosas sensibles, en objetos perceptibles. Los números, sin embargo, no son cosas sensibles, sino entes abstractos, y por tanto no perceptibles con los sentidos. La cosa sensible es una cualidad, mientras que lo que aquello no- sensible, pero esta muy cerca de las cosas sensibles, es la extensión. La diferencia entre intensión (la cosa que veo, que oigo, en suma, las experiencias) y extensión (p. ej. los números) la muestra claramente Descartes. El paso de la época clásica y medieval a la época modera, desde el punto de vista de la ciencia, ha sido dado por primera vez por Descartes, al pasar del modo de ver cualitativo (p. ej. este diseño de interiores que veo) a lo cuantitativo (la conversión del diseño de interiores en un plano constituido por formas y números). Ya no se trata de las sensaciones sino de formas, signos, números dentro de un sistema de medición. Así pues, la ciencia pasa de trabajar con cosas sensibles, y comienza a utilizar elementos abstractos, pasa de cualidades a cantidades, de intención a extensiones; una consecuencia que afecta el modo de diseñar ambientes y de relacionarse con la morada del hombre.

2. ÉPOCA CLÁSICA

Reflexiones desde Homero. El lugar más importante donde han vivido los héroes, símbolos de virtud humana, y los dioses, símbolos del destino humano, es en el monte Olimpo. Los dioses, según la mitología griega, convivían con los humanos, héroes o no. Así, unos y otros compartían un mismo lugar. No resulta difícil, pues, considerar que los griegos imaginaban a entidades míticas e individuos heroicos caminando por las plazas públicas de la Grecia inmemorial. Los grandes monumentos y esculturas estimulaban esta imaginación o sentimiento de comunicación con lo místico y lo sagrado.

Además, la noción de espacio no era una noción extensiva, sino intensiva; es decir, no había un pensamiento matemático que operara con números abstractos, sino que su matemática era inteligible sólo si estaba realizada empíricamente. En consecuencia, tenían una visión del espacio como un terreno no categorizable bajo entidades cuantitativas. Dicho de otro modo: Ellos no pudieron, en los comienzos de su cultura, realizar planos de las zonas geográficas en las que cultivaban, pues la dimensión de un terreno duraba lo que la vista duraba en verlos. No había tampoco un lenguaje para proyectar el aspecto abstracto de un conjunto de dimensiones espaciales, y por ende la información sobre el tamaño de los espacios y las distancias entre lugares, no podía ser recogida, escrita y archivada. Todo allí era a ojo. Una vez más, no había aún un pensamiento que hiciera abstracción de la materia de las cosas y se quedara sólo con la forma. Los números no existían como un lenguaje sino que era una propiedad más o menos visible de la cosa percibida. Elimínese la cosa sensible y con él se elimina el número que le correspondía. Pensaban en intención, es decir en cualidades, en cosas sensibles, en objetos perceptibles. Los números, sin embargo, no son cosas sensibles, sino entes abstractos, y por tanto no perceptibles con los sentidos. La cosa sensible es una cualidad, mientras que lo que aquello no- sensible, pero esta muy cerca de las cosas sensibles, es la extensión. La diferencia entre intensión (la cosa que veo, que oigo, en suma, las experiencias) y extensión (p. ej. los números) la muestra claramente Descartes. El paso de la época clásica y medieval a la época modera, desde el punto de vista de la ciencia, ha sido dado por primera vez por Descartes, al pasar del modo de ver cualitativo (p. ej. este diseño de interiores que veo) a lo cuantitativo (la conversión del diseño de interiores en un plano constituido por formas y números). Ya no se trata de las sensaciones sino de formas, signos, números dentro de un sistema de medición. Así pues, la ciencia pasa de trabajar con cosas sensibles, y comienza a utilizar elementos abstractos, pasa de cualidades a cantidades, de intención a extensiones; una consecuencia que afecta el modo de diseñar ambientes y de relacionarse con la morada del hombre.

2. ÉPOCA CLÁSICA

Reflexiones desde Homero. El lugar más importante donde han vivido los héroes, símbolos de virtud humana, y los dioses, símbolos del destino humano, es en el monte Olimpo. Los dioses, según la mitología griega, convivían con los humanos, héroes o no. Así, unos y otros compartían un mismo lugar. No resulta difícil, pues, considerar que los griegos imaginaban a entidades míticas e individuos heroicos caminando por las plazas públicas de la Grecia inmemorial. Los grandes monumentos y esculturas estimulaban esta imaginación o sentimiento de comunicación con lo místico y lo sagrado.

Para los griegos no había un lugar especial de ingreso público, en el
cual se relacionase con lo místico. Es cierto que existían los "centros de atención a inquietudes sobre el futuro", a cargo de quien hoy llamaríamos un "médium". Pero en todo caso a estas personas sólo se recurría ocasionalmente y no tenían un poder espiritual que condujera la totalidad del modo de vivir o moralidad del griego. Lo más importante, creo, eran las manifestaciones culturales visibles que abundaban por todos lados, en las grandes ciudades griegas. Se respiraba un ambiente místico: Ser griego, y sobre todo, ser ateniense involucraba un fuerte sentido de honor, superioridad, y responsabilidad por realizar una práctica virtuosa. No hubo que ir a la iglesia (lugar donde acontecieron experiencias religiosas: adoración, expiación de culpas, etc.) para hacer manifiesto la moral mítica de los griegos; antes bien su sentimiento de estar conectado con algo místico existió siempre en este pueblo. Y lo que más interesa a la cuestión de la configuración moral del espacio, es que ese sentimiento de vivir entre dioses, estaba dado fundamentalmente por la literatura como fuente de nutrición simbólico y las esculturas y monumentos (altos y centralizados con respecto de la ciudad) como productos artísticos de realización del espíritu
mitológico de los griegos. Así pues, el lugar no es un vector dentro de un receptáculo vacío. Antes bien: es la morada a partir de donde se configura y reconfigura, a lo largo de sedimentación de capas de tradición, todo un ethos cultural específico de una civilización. Si de configuraciones morales del espacio se trata, el diseñador de interiores no puede permanecer ajeno a estas consideraciones culturales en donde se muestra claramente el modo en que los lugares son elementos de apropiación moral por cierta cultura.

Lisandro Gallardon
Buenos Aires, 1 de diciembre de 2005

Publicado el 6 de Diciembre, 2005

En el templo del infinito, todas las posibilidades se derraman también frente a la aguja del intelecto. El trabajo inútil de filósofo ciego es coser con su propio cuerpo los centelleos de la vida. Y al diseñador de indumentaria le digo: Nuestro cuerpo no quiere saber de telas, piel muerta de texturas fijas; quiere sólo vivir la piel que es vida, única vestimenta auténtica y abierta al origen. Es que la piel recibe las huellas del tiempo y del trabajo en la vida; y mientras la ropa se pasea anónima por los cuerpos, la piel queda y se transforma. Pero la tela debe ser un proyección de la propia piel, su amiga, no su enemiga portátil. Se hace ropa desde la relación que se tiene con el cuerpo propio y con la dignidad del ojo que no olvida ver lo invisible. Sí, la desnudez imposibilita el simulacro; pero ante la desnudez del cuerpo el ojo se desampara. El público teme la desnudez, por ello la piel se vuelve órgano de la intimidad...

La imagen es el remedio-veneno que detiene las apariencias desprolijas con que la vida se desviste de disfraces. ¡La vida, este accidente humano que para habitarlo nos exige desnudez y honestidad profunda! Por eso toda indumentaria debe ser una continuación de la vida, no un ocultamiento, no un simulacro, no un debilidad existencial que ilusiona aparentar lo que no es. Desde esta perspectiva hablo yo a mis oyentes.

30 de Noviembre de 2005

Por Lisandro, en: Diseño